sábado, 26 de mayo de 2007

Los pájaros ciegos

A Lau, Ale y Miguel
En apenas unos años, Alalurt se había transformado -sin lugar a dudas- en la ciudad más importante del país. Hubiera restado concretar el traslado de la Capital, para sentenciarlo oficialmente. Lo que durante un siglo había sido una modesta localidad, adquirió aceleradamente dimensiones majestuosas, dignas de las urbes más inmensas. El cambio se había dado de la mano de una innegable voluntad de trabajo y una inocultable ambición de prosperidad. La industria crecía a pasos agigantados, con variados rubros y diversos establecimientos. En parte por la promisoria oferta que significaba para las zonas aledañas, y también por una forzosa demanda de la misma ciudad, miles de personas convergían diariamente en sus calles superpobladas. A su vez, no sólo las empresas líderes del país abrieron sucursales o plantas en Alalurt, sino que también grupos e inversionistas extranjeros realizaron emprendimientos en estas latitudes.
Si París es la ciudad de las luces, Alalurt era la ciudad de los humos. Al menos así le agradaba decir al Gobierno, que orgullosamente, promocionaba sus activas chimeneas como un logro más de su gestión. Su incesante productividad e incremento económico era un ejemplo a seguir por el resto de la nación, además de ser un sustento en las exportaciones y en el consumo interno. En las universidades más prestigiosas del mundo se estudiaba y analizaba el caso, y hasta un teórico economista publicó un libro didáctico llamado “Alalurt: voluntad y desarrollo”.
Se podría decir que el nivel de vida de Alalurt, era bueno. Si no estaba asegurado el confort, al menos era algo posible. Pero de todos modos, no había mucho tiempo para pensar en eso. Lo importante era -como el tan promocionado espíritu de la ciudad- producir. Es su laberínticas vías transitaban miles (que luego fueron millones) de hombres y mujeres dirigiéndose acelerada e infatigablemente hacia fábricas, oficinas, estaciones, rascacielos y, sobre todo, obras en construcción. El flujo demográfico, la competencia entre firmas y el apuro por ocupar los cada vez menos frecuentes espacios libres, catapultaron la construcción edilicia a lo largo y ancho de Alalurt. Y a lo alto. Esta suerte de estirón de cemento promovió una innovación de ingeniería inédita en el país: la construcción de las llamadas aerovías. No eran más que simples pero enredadas autopistas, elevadas a cientos de metros. Resultaba curioso y pintoresco ver cómo los habitantes empezaron a utilizar como referencia no sólo las habituales coordenadas horizontales sino también implementaron las verticales: la altura de las calles ahora se medía literalmente. De hecho, las locaciones más elevadas pasaron a ser las más cotizadas debido a que poseían un acceso más despejado al cielo. Eran muy pocos aquellos que podían asomar una mañana por la ventana y advertir las condiciones del tiempo.
La vida secreta de los pájaros no escapó a la expansión tridimensional de Alalurt. Lógicamente su hábitat se modificó y por ende, sus comportamientos. E incluso, como suele suceder con todas las especies a los largo de la historia, su propio organismo sufrió alteraciones. Los árboles habían sido totalmente erradicados, y el cielo se hallaba cada vez más lejano y obturado. El humo de las chimeneas y las sombras de los edificios habían mitigado sensiblemente los estímulos luminosos naturales y, sumado al contraste del omnipresente neón, gran porcentaje de pájaros perdieron con peligrosa velocidad la visión. Su vuelo cada vez era más corto y rasante, y desarrollaron una asombrosa capacidad de colarse entre las entrañas de hormigón con intuitiva destreza. Los pájaros que aún veían eran los encargados de anunciar el día, guiar los movimientos de rutina y obtener las provisiones para subsistir. Pero muchos pájaros (videntes o no) eran impedidos en su movilidad: la irregular construcción de la ciudad provocaba que quedaran atrapados entre cimientos, vigas o columnas. Otros, simplemente se desvanecían ante el acosador smog. De a poco, los pájaros caídos comenzaron a aparecer en las veredas de Alalurt. Algunos hombres los pisaban, otros pasaban a su lado. Pero ninguno los veía.
La falta de luz no era el único problema que aquejaba a los pájaros. También, lo era el ruido. Los hombres, sumidos en sus tareas, sus autos, sus celulares y sus auriculares, no lo advertían. Como un inmenso e imponente motor, la ciudad funcionaba cubierta por una sobrenatural cortina de ruido, un bramido intenso, un estruendo sostenido. Al parecer los hombres se habían acostumbrado, pero era verdaderamente ensordecedor. A tal punto que los pájaros no podían escucharse entre ellos. El panorama era lo suficientemente preocupante como para que el canto (su mayor canal de contacto) se vea acallado. Fue así que los pájaros que aún podían apreciar débiles pero aliviadores haces de luz, decidieron modificar la rutina: cantarían durante la noche, cuando el monstruo sonoro disminuye su rugido.
Las mutaciones de la especie eran el tema principal que competía a los pájaros en sus conversaciones nocturnas. Pero también las charlas cotidianas, aquellas que forzadamente habían abandonado y que ahora, adivinando la luna entre las torres, recuperaban. De un edificio a otro, de un recoveco a otro, los pájaros debatían, discutían, se enfrentaban, se encontraban y hasta se declaraban amor. En definitiva, los pájaros vivían otra vez. Y lo hacían de noche.
En una ciudad donde se trabaja constantemente, las reglamentarias ocho horas de sueño son sagradas y, también, necesarias. Por eso no fueron pocos los hombres que vieron su reposo interrumpido por el murmullo de los pájaros. Al principio no ocasionó más que algunas quejas cuyo recibo nadie acusó. Pero más adelante, las autoridades debieron tomar soluciones. Es que los pájaros no sólo habían incrementado la ceguera sino que su capacidad auditiva era tan débil que debían forzar sus voces. Éstas dejaron de ser timbres melódicos y armónicos para transformarse en chillidos desgarrados y desgarradores. La primera medida fue realizar un exterminio a conciencia. Pero esa suerte de reencuentro masivo de las aves había generado que cada noche la especie se reprodujera y se multiplicara con las mutaciones ya explicadas. Un prestigioso periodista de Alaturt se remitió a un filme de Alfred Hitchcok. Pero tras el impacto amarillista,ocultaba una verdad esencial: a diferencia de la película, estos pájaros eran totalmente inofensivos. A pesar del terror que ocasionaban en la sociedad, no residía en ellos ningún atisbo de agresividad. Todo lo que hacían era escupir su quejido confuso y confundido. Este tipo de interpretaciones sólo acentuaban el conflicto: así como en su momento los pájaros fueron ignorados, aniquilados y postergados, de pronto eran el elemento extraño a erradicar.
Más tarde se invirtieron los husos horarios. Las jornadas laborales se iniciarían al caer la tarde y al salir el sol se dormiría. Durante algunas semanas pareció funcionar y hasta hubo quienes se sintieron felices de poder saciar su esencia noctámbula. Pero pasada la novedad, la medida ya no fue tomada a gusto.
Lo que los hombres no apreciaron es que ya casi no existían pájaros videntes. Eso significaba que no existía entre estas criaturas quienes distinguieran la noche y el día. Fue así que desorientados por la penumbra y la sordera, los pájaros cantaban -o gemían, o aullaban, o crujían, o cómo denominar tan estremecedor sonido- a toda hora. Y con más y más fuerza, a medida que menos y menos se escuchaban.
Entonces intervino el Gobierno nacional. Alalurt era el orgullo de su gestión y como dijo un ministro -en un intento de poética arenga-: “la voz de los pájaros no callará la voz de los hombres”. Entonces se dobló la apuesta: trabajar día y noche ininterrumpidamente. El esfuerzo sería desgastador, pero los efectos favorables. Además de no ceder a la “amenaza alada” (así la llamaron algunos matutinos), la producción aumentaría de un modo inimaginado. El sueño llegaría al fin, cuando el cuerpo lo demandara, y por ello se suministraron camas en los lugares de trabajo y se diagramó un complejo y eficaz plan de relevos.
Desde entonces Alalurt se mantiene con ese plan. Si bien la marcha productiva no se detiene, y es el responsable del 76 % del Producto Bruto Interno del país, es cierto que ya no son tantas las personas que deciden arribar a ella. Incluso, el Gobierno cambió de mando y si bien sostienen el proyecto, ha tomado cierta distancia. Potencias mundiales ofrecieron con su habitual amabilidad prestar su poderoso arsenal para eliminar el conflicto. Pero la red arquitectónica es tan intrincada que es imposible distinguir una zona libre de pájaros. Cualquier detonación acabaría no sólo con las aves sino también con los hombres y la misma estructura de la ciudad, lo cual implicaría una gran pérdida para la humanidad. Sobre todo en lo económico.
Mientras tanto, no hay días ni noches en Alalurt. La convivencia entre hombres y pájaros se da inerte y mecánicamente. Los pájaros siguen aullando y cayendo. Algunos hombres sufren el insomnio eterno (al punto de perder el movimiento reflejo de los párpados) y a su vez, aumentan los casos de ceguera. A lo largo de la historia, ya hemos dicho, las especies adaptaron sus organismos a su hábitat. Recientemente se han conocido casos de hombres con malformaciones, cuyas extremidades se asemejan a alas. Pero no se sabe de ninguno que haya podido volar. Igualmente, muchos se arrojan (con o sin alas) desde los edificios, hartos del martirio. Otros, simplemente caen. Pájaros y hombres muertos alfombran las calles de Alalurt. Los hombres insomnes, sordos y ciegos, y los pájaros insomnes, sordos y ciegos, pasan a su lado o los pisan. Pero claro está que no los ven.

sábado, 12 de mayo de 2007

Breve presentación

Queridos amigos y visitantes (para este sitio han de ser lo mismo). He aquí otra expresión de mi definitiva osadía. Bien saben ustedes(o lo sabrán) que mis dotes literarios son ínfimos, pero este puñado de pequeños cuentos ya carga con la cruz de haber sido escritos por mi, como para condenarlo al cautiverio y el olvido. Por eso se los obsequio a todos ustedes. Comprobarán que no es esto un blog de verdad, dado que no cumpliré con el mandato esencial de agregar textos diariamente. Pero se presentó como la forma más sencilla y económica de que estos cuentitos salgan a la luz (del monitor).
A modo de advertencia(o de invitación) les comento que muchos de ustedes pueden encontrarse en estas líneas. Incluso quienes no me conocen. Un fallecido escritor ciego (cuya prosa es admirable y su pensamiento político muy repudiable) dijo: “Escribo para mí, para los amigos y para atenuar el curso del tiempo”. Yo hago lo mismo…pero mal, claro.
Que lo disfruten.Y visiten- si aún les sobra tiempo- el sitio : www.myspace.com/miroysuorquestadejuguete

miércoles, 2 de mayo de 2007

Noche de ensueño para el Juan

Al Hueso

¡Si lo vieran los muchachos! El Juan erigiéndose alto desde la invisible morada de los dioses, adornada su cabeza por los laureles que se funden y confunden en su espesa cabellera. ¡Si lo vieran al Juan! Fumando un cigarrillo, ese cigarrillo, el del reláx, ese bálsamo posterior a la victoria, cuando el alma inicia el trámite de regreso al cuerpo. Detrás del humo se advierte una sonrisa corta y tímida como una mueca. Es la gloria, es esa brisa íntima que acaricia cada músculo y cada hueso. Es ese triunfo inexpugnable que no levanta banderas pero levanta la frente.
¡Si lo vieran al Juan en Olavarría! Sí, el Juan, el flaquito. Ese de voz pendiéndose en la cuerda de la disfonía , ese que de tanto quejarse ya labró un puchero en su boca, ese que al hablar se encorva con manos y espalda como un arquero desembuchando la fulbia. Sí, el Juan, recogiendo la gloria entre sus brazos, saboreando el néctar más preciado. ¿O acaso no era eso aquella rubia de la Facultad para Juan, y para el Peludo, y para otros tantos? ¡El Peludo! ¡Si el Peludo lo viera al Juan! Adueñándose de esos ojos, esas gotas de agua clara que como dos pinceladas celestes interrumpen ese lienzo cándido y perfecto que es el rostro de la rubia. Si lo viera el Peludo al Juan, si viera el vaivén de las manos transitando una y otra vez el cuerpo dócil y amable de la niña, el cuello virgen, el pecho impenetrable, el sexo infinito.
¡Si lo vieran al Juan! ¡Si lo hubieran visto ya en boliche! Porque, ojo, el partido vino bien de arranque. No fue dando lástima, o rebajándose. No, créanme que fue dando toque. Porque se sabe que no es lo mismo cuando uno desplegó sus armas, su recursos, sus credenciales y sus puñales, que cuando es de chiripa. Cuando de golpe vas caminando por la pista y te encontrás una mina que está peor que vos , y mirá lo que te digo, porque vos ya te empinaste dos tintos y tres vasos de fernet, pero la mina esta peor que vos, y agarra viaje sin que le preguntes: pone monedas en la máquina del boleto y ni pregunta a donde lo lleva. Como le pasó al Zurdo, que una vez se agarró una mina que estaba arruinada. Lo único que zafaban ,supuestamente, eran los ojos (“Eran violetas, como Elizabeth Taylor, te lo juro” diría después el Zurdito), pero de la curda que tenía , ni los podía abrir. La cosa es que el Zurdo se la cargó en la espalda—lo que es un decir, porque dado la generosa humanidad de la chica hubiera sido imposible-, nos pidió un billete a cada uno y se la llevó para un telo. Que pun, que pan, cuando estaban por empezar la joda, cuando terminaron las mollejas y trajeron la carne...la gorda cayó horizontal sobre el zurdo. Palmó. Y andá a depertarla. ¡Siete veces lo llamaron a la habitación para decirle que baje! Y tuvo que bajar solo, porque a la gorda no la despertaba ni la hinchada de Racing.
Pero volviendo al Juan, acá fue nada que ver. Entró con pelota dominada. Apenas encaró y en un tropiezo dejó caer un poco de cerveza. “ ¿Pelota dominada?” me dirá usted. Sí, le digo, porque la mina, que podría haber mordido los labios y girar la cabeza (porque las minas son forras, si te mandás una son lo más cruel, si quieren). Pero no, la mina sonrió. Y le hablo de una mina que cuando sonríe se te estruja hasta al última célula del cuerpo y cada patada en los huevos que te dieron en la vida recobra sentido: el sentido de ser hombre. “Nivel televisivo”diría el Grandote. La mina sonrió y eso es un empujón anímico incomparable, ¡determinannntee! diría el gran motivador Bambino. El Juan hizo un comentario boludo, como esos que se hacen cuando recién empezás a hablar con alguien. Porque no es nada más con las minas: es con cualquiera. ¿O usted conoce a un tipo y en vez de decir “me parece que va a llover” , agarra y le dice “la duda es la jactancia de los intelectuales”? No. Sacás tema y chau. El Juan le dijo una tontería y la mina respondió. Eso es clave. Porque la primer pregunta, el primer comentario es un vacío, un abismo inexplorado. Uno da el primer paso, se dirige a la mina, y no tiene la más puta idea de qué va a decir. Pero ya está en el aire y la pileta está abajo. Te podés cagar de frío, o al revés: nadar toda la tarde. Acá es lo mismo, como en los finales de la Facultad: si la primera contestás bien,listo. Entonces empezó a chamuyar que soy de Olavarria, sí, ¿conoces un chico de allá?, mirá vo, que ya termino la facu, que ella también ,que yo cursé algunas con vos, que sí, que lo ubica, que... ¡que lo ubica! Estruendo. Gol. Uno a cero. Que lo ubica, que se sentaba atrás en Sociología o en Relaciones Internacionales, vaya a saber, pero lo ubica. ¡Si lo vieran el Viejo, Nico! La mina que les contaba, esa que pasaba y ni la hora, lo ubica. Entonces , agrandado pero sin ostentación, más inspirado que entonado, improvisó la charla.
Le habló de todo, o mejor dicho, de cualquier cosa. De la carrera, obvio, pero también de bondis, de televisión, de que prefiere más AM que FM, de un puesto de panchos y de que por qué mierda los cuadernos anillados siempre se hacen pelota. Si, ya sé, usted me dirá que no es la forma más ortodoxa de parlarse una mina. Pero tampoco es asunto de caer en los lugares comunes. Claro, con Neruda, con Benedetti, con Becquer cualquiera. Con Becker, con Vilas y con Mc Enroe si querés. La cosa es hablar de cualquier pavada y que sin embargo no se pierda el objetivo final. Porque vos le podés estar hablando de que hay que pintar los zócalos de la pieza, pero siempre se cuela una miradita, una sonrisa, un aire, un silencio...
Y lo peor es que la mina lo estaba pasando bien. No era una euforia incontenible, pero se divertía, en serio. No estaba de reviente, o despechada porque lo dejó su novio de cuatro años y entonces hoy se iba a agarrar cualquier cosa. Bah, no sé. Pero si es así, no lo dijo. Y el Juan tampoco se iba a echar para atrás diciendo: “usted se confunde, yo no quiero ser segundo de nadie”. ¡Que no! Segundo, milésima, lo que quieras. Pero no, para mí la mina se divertía de lo lindo. ¡Si lo vieran al Juan! Parecía esos showman de la televisión yankee: un chiste, un remate con risas, un gag, un remate con risas. Sabía que era su momento, que era el partido de su vida, que nunca más, era el Tucumano Benetti contra San Martín, era el gol de Rojas contra Boca.
¡Si lo vieran los de la Facu! Todos esos revolucionarios de mate (ni siquiera café), cuyo papel más importante en la vida política es el papel afiche. ¡Si lo vieran! Con la rubia, cara a cara (y entre una y otra, imagine qué contraste). Si lo vieran. Contando algo de unas vacaciones pasadas y de golpe...húmedad, frío, calor, y más calor. El beso. Sello sagrado. Así, de una. Sin forzar la cerradura. Ella dejó la puerta abierta y el pasó. Y después, besos , y vasos, risas y abrazos. ¡Si lo vieran al Juan! ¡Se hacía el canchero, el superado...pero le temblaba hasta el orto! La besaba y se repetía para adentro “es natural, es natural, es natural”. ¡Chota que era natural ese accidente del destino! O mejor dicho, sí, era la naturaleza en su máxima expresión desplegando todo su menú de manjares a un tipo común, ignoto, ínfimo. Un poligrillo, diría el Peludo. Já ¡si lo viera el Peludo! Seguro que el feo ese debería estar más solo que Chilavert el día del amigo y el Juan, con la rubia.
Entonces cuando parecía que la noche se consumía, que el inevitable epílogo se escribía sobre las ajadas paredes del boliche, cuando el resultado parcial era ampliamente satisfactorio, vino el milagro. Porque Juan no dijo nada. No, qué iba a decir. Una mina así no es cualquier cosa. Mirá si te pasas de vivo y quedás en un orsay más grande que una casa. No, quedate piola, jugá de callado y conformate con lo que tenés , que a vos te alcanza y te sobra para comer un año, o dos. Pero vino el milagro, y ella dijo la vieja frase: “Vamos a un lugar más tranquilo, a tomar un poco de aire” ¡Ja, un poco de aire! ¿Cómo no va a ser tranquilo un lugar si lo único que sirven para tomar es aire! Lo que quería la mina era...bueno, usted me entiende. Juan se quedó atónito, inmóvil por un momento. Pero no mucho. Esas oportunidades no se pueden desperdiciar. Hay que estar atento. La dejás pasar un segundo y andá a cantarle a Gardel. Pero si la enganchás justito, sabés qué, tenés para toda la cosecha.
¡Si lo vieran al Juan todas las minas de su adolescencia! ¡Todas esas turras que no le daban ni bola, que le decían “salí”, y que a lo sumo, le preguntaban por el Gaby! Si lo vieran al Juan, todas esas mosquitas muertas de boliche, el Juan se fue con la rubia al departamento. La cagada es que el tipo ni lo había ordenado, porque qué miércole se iba a imaginar que la noche iba a terminar así. Honestamente, el departamento había quedado hecho una pocilga. Pero la urgencia y la oscuridad lo disimularon todo. Porque apenas abrió la puerta, la mina lo arrinconó contra una pared y empezó el cachengue. ¡Usted se preguntará que carajo le pasaba la mina para estar de esa manera y con este tipo! ¡Que se yo! Mirá que será inoportuno usted, preguntarse eso, justo ahora que se ponía bueno el asunto.
¡Si lo vieran al Juan! Estaba hecho un toro, un semental. Porque claro, como la enganchó de entrada, no le pasó como otras veces que rebota con una mina, y encaja un vaso, rebota con otra, se encaja otro vaso, y a sí al final de la noche tiene un pedo para mil. No, acá tenía el cuerpo aceitado con la medida exacta de alcohol, esa que desinhibe pero no tumba, esa que retarda la llegada pero que no abandona. Y el vals incesante. Y el grito indecente. Y el fuego incontenible. Y gol. Golazo. Gol de campeonato. Corrida, alambrado. Vuelta olímpica, copa, medalla.
¡Si lo vieran al Juan! El cigarrillo. Detrás del humo, ella tendida y extendida en la cama. Entre los escombros del exceso y las penumbras, dormida, expide un aire inasible de contundente belleza. Él ,acostado a su lado, pretende ignorarla por un instante, pero nuevamente sus ojos la recorren, la cubren y la descubren, la acarician y la esculpen con paciencia infinita y orfebre. El cigarrillo. El tibio vacío del crimen cometido. Ella duerme y él repasa silenciosamente casa instante, cada imagen, reteniéndolas para que no se escapen, para que no se olviden. ¡Si lo vieran al Juan!!Si lo vieran los muchachos, si lo vieran en Olavarría, si lo vieran el Peludo, el Viejo, Nico! ¡Si lo vieran todas las minas que le dijeron que no! ¡Si lo vieran los de la Facultad!
¡Si lo vieran al Juan con la rubia! ¿¡Qué mierda lo van a ver al Juan con la Rubia!?Si el boludo se quedó dormido otra vez en el sillón con el televisor prendido, soñando con imposibles, anhelando bailar con la más linda, imaginando que al menos una vez no se va a dormir solo.

El motor

Desde que yo recuerdo, mi vida siempre ha sido -si no cautivante- al menos atractiva. Por razones que me exceden, han sucedido en el transcurso de mis días cosas extraordinarias o infrecuentes. Personajes que inspirarían miles de líneas, situaciones curiosamente repetidas, impensadas y, a la vez, coherentes conexiones de eventos. Una de ellas fue cruzarme con Noriega, o con su historia, mejor dicho. Precisamente llegué a él porque en los últimos meses notaba cierta calma, cierto aire de rutina en mi vida. Todas esas anécdotas y misterios que llovían a borbotones habitualmente, apenas estaban goteando. A punto de vencerse mi contrato de alquiler, decidí que cambiar de barrio era un buen modo de arrancar nuevamente y reencontrarme con todos esos encantos que gradualmente el mundo dejaba de obsequiarme.
Esa zona me gustaba. Lejos del centro, pero no tanto. El tradicional espíritu de barrio renovado por el aire fresco de los estudiantes universitarios. Por eso cuando un conocido me dijo que a través de otro conocido había escuchado hablar sobre una casa en 6 y 63, resolví atravesar a pie las tibias baldosas del sábado a la tarde. Tras una lenta y distendida caminata, llegué a la dirección indicada. En su exterior, la casa no parecía deslumbrante, pero tampoco era eso lo que yo buscaba ni lo que yo podía pagar. Un extenso frente adornado de piedras, una pesada puerta color verde y una opaca ventana rota , por un toscazo talvez. “Noriega no vive más ahí”.Una voz firme me interrumpió. Sentado en una silla de plástico, asomando desde la despensa que lindaba con la casa, abriendo la cortina de colores con su brazo derecho, un hombre de ojos oscuros, gesto robusto, clausurado, y espeso bigote negro se presentó: “Larrea es mi nombre”. Entonces me explicó que hacía casi un año que Noriega, el dueño de la casa, no vivía allí pues estaba internado en un hospital. Justo antes de marchar y mientras Larrea me ofrecía- en verdad, quería venderme- unas “exquisitas facturas”, alguien me llamó desde el interior de la casa.
La puerta verde se abrió. Un joven delgado, con los ojos estrechamente achinados, y unos veinticinco años aproximadamente, me invitó a pasar. No se presentó. Pero me dijo que me estaba esperando, que ya le había mostrado la casa a otras personas y que tenía intenciones de alquilarla pronto. La casa necesitaba evidentes refacciones, pero para mi estaba bien. Sobre todo por el precio. Sin embargo lo que más me inquietaba era esa colección de papeles viejos, lápices, latas e instrumentos desordenados y desperdigados que dotaban su atmósfera de sugestivo encanto. El joven lo advirtió y sin que yo le preguntara, me contó-más o menos así- la historia de Noriega:
“No recordaba el día exacto en el que lo descubrió. En parte porque el hallazgo- que pasó de tímida inquietud a incontenible asombro, y de pesada certeza a bendición maldita - se dio paulatinamente. No recordaba el día exacto pero tampoco ningún momento en el que aquello hubiera esta ausente. Siempre lo percibió. En principio no era más que una curiosa sensación que su cuerpo acunaba, de modo sutil y velado. Luego advirtió un débil castañeo, tan fútil que se perdía entre el murmullo de las maderas que vestían su habitación.
Llegada la pubertad, aquella vibración interna se intensificó. Pensó que serían las hormonas, instancia lógica de su crecimiento. A su vez, el castañeo se tornó en un tenue pero infatigable repique, entre seco y metálico. Tan similar al tic tac del reloj que creyó- o quiso creer- que de ello se trataba.
La adolescencia le abrió la puerta a la calle y halló en su seno el mejor refugio. El ruido, los pasos, los autos, los timbres, las voces: todos, de algún modo, atenuaban esa indescifrable sensación. Las piernas, los humos, los sueños, las noches: queriendo o no, lo distraían. Pero la soledad, esa inevitable, traía de regreso lo que nunca se había ido. Y entonces debió planear la fuga.
Cada noche- al menos las peores, en las que se quedaba en casa- llevaba a cabo el mismo ejercicio: repetía verso por verso, canción por canción, disco por disco, de sus artistas favoritos. De ese modo, y luego un largo rato, lograba dormir y liberarse por un par de horas del omnipresente ajetreo. Sin embargo, aquel plan simple dejó de serlo. Eran tantos los versos y tantas las canciones y tantos los artistas que muchas veces el sol lo sorprendía tarareando en voz baja. Y probó suerte con el cine. No poseía demasiada información sobre aquel género y en parte, era divertido recrear diálogos o escenas, ya que siempre pueden ser útiles para alguna conquista amorosa o como broche elegante de alguna charla encendida. Pero no hubo caso.
A medida que urgía con mayor fuerza el indescriptible, él recurría a diversas formas de distracción. La narración fue una. No sólo de noche sino también de día, relataba situaciones reales o imaginarias, en prosa o en verso. Intentaba que fueran por escrito, pero no siempre tenía un papel a mano o la situación era la más propicia: lo hacía durante el reposo, pero también en el trabajo. Es que la marea- ¿cómo definirla a esta altura?- era constante, ininterrumpida. Cada vez se hacía más dificultoso disimular los extraños ruidos que su cuerpo expedía- mecánicos, sincrónicos, cacofónicos-, pero más complejo era ocultar las alteraciones que su ánimo y su mente sufrían.
El ruido crecía y el ardor también. El remanso inicial- ese que consistía en soltar la voz o la pluma; la mera imaginación al vacío- transmutaba ahora en todo lo contrario: un incesante y prolífico caudal de palabras, verbos, imágenes, olores, dolores, melodías que crispaban aún más su humanidad. Arduo era impedir ambos impulsos vitales: la convulsión incontenible, la marcha inquebrantable, el paso férreo, por un lado; la retórica constante, la pregunta en dominó, la obra inconclusa, la escala difusa, por el otro. No podía y tampoco estaba seguro de quererlo. Es que resultaban tan vitales que temía a deshacerse de ellos.
En un rapto de inapelable lucidez (así suelen ofrecerse las grandes revelaciones: abrupta y despojadamente), entendió que ambas perturbaciones trabajaban de manera conjunta. Ambas se alimentaban recíprocamente. Sacó fuerza de donde pudo y vio que si detenía el caudal de ideas, de papeles inasibles, de fotogramas intangibles, el ardor disminuía. Pero ese rapto duró poco, porque la avalancha de notas, voces, frases, preguntas, respuestas y más preguntas, arrebató con cualquier pensamiento que pueda denominarse razonable.
Entonces se entregó. Al incesante galopar, a las ideas vagas. Esas situaciones que relataba dejaron de ser imaginarias o reales: ya eran lo mismo. Sólo había que dejar testimonio, empresa que por cierto no era fácil. Las horas del día no alcanzaban para plasmar (entiéndase, escribir, cantar, grabar, filmar, dibujar) tanta urgencia, y de a poco perdió la costumbre y necesidad de dormir. Más que nunca, dormir significaba una pérdida de tiempo.
Algunas canciones podrían calificarse como buenas. Él amaba esa que comenzaba con una guitarra en ritmo de vals, otra recorriendo la escala de una armonía en mi mayor, una melódica como melancólico telón de fondo, una pandereta en redonda. Francamente era interesante, sobre todo en comparación con el infinito repertorio de partituras y registros analógicos. Los poemas tampoco estaban mal. Algunos demasiado barrocos, con rimas forzadas, cercados por métricas innecesarias. Otros más sencillos, al borde de la banalidad. Muchos de ellos tenían como protagonista a un nombre en particular: Violeta. “Pelo negro, levemente escalonado hacia el costado, sus ojos pequeños y vivaces, su boca grande y generosa…”.Así comenzaba “Inventario sobre Violeta”, el primero de los mil catorce poemas dedicados a la misma mujer que protagonizaba ciento doce canciones, diecinueve cuentos, tres novelas y un guión cinematográfico. A parecer, éste estuvo a punto de ser rodado, pero nunca lo conformó ninguna actriz que pudiera encarnar a la tal Violeta.
Volviendo a sus cuentos y novelas, eran intolerablemente pobres. Los cuentos tenían demasiada similitud con autores que podían ir desde el popular y entrañable Roberto Fontanarrosa hasta el erudito, admirable y odioso Jorge Luis Borges, sólo por citar algunos. La interpretación que hacía de ciertos giros o recursos literarios, podía resultar llanamente ofensiva para sus creadores originales. Talvez su único rasgo de autenticidad lo obtenía en el dibujo, no tanto por un talento desmedido, sino más bien por ciertas limitaciones técnicas en el pulso de su mano izquierda.
Todos estos juicios-impertinentes para alguien que en definitiva sólo vino a ofrecerle una casa- poco le importaban. La catarsis sistemática conlleva una dosis considerable de dolor, pero también de analgesia y satisfacción. El peor de los momentos, la peor de las heridas, el peor de los rostros, podía ser utilizado y canalizado en sus intentos artísticos. Nada era mezquino ni trivial, ni bello ni feo, sino sólo dentro de sus relatos. Fuera de ellos, todo podía ser sencillamente inspirador. Incluso el antipático gato gris de ojos verdes que merodea el terreno de enfrente, mereció un ensayo de milonga con tono picaresco. Y eso que él odiaba a los gatos.
Sus obras (la rima con “sobras” resulta tan obvia como tentadora) avasallan desde el desconcierto y -debo decirlo- el pavor. Es más que recurrente: es reiterativa. Los mismos personajes, situaciones y sensaciones, descriptas una y otra vez. Frases que se repiten en una canción y en un cuento, fragmentos enteros trasferidos de una novela a un guión. Los mismos vocablos y los mismos rostros saltando de un soporte a otro, reinterpretando por enésima vez la misma escena con ínfimas variaciones. Puedo entender que los grandes artistas no lo son sino gracias a sus obsesiones. Pero en casos como el de este hombre, su obsesión debió limitarse a no arrugar su camisa o que no le toquen el cabello (algo que personalmente, me molesta y mucho). Claro que debo ser justo: ¿qué podría esperarse en un hombre que forzadamente debió encerrarse, más que hacer lo mismo con su imaginación? ¿Qué salida tiene un hombre ávido de historias sumido en un estricto ostracismo?
Con el correr de los años, la convulsión creció a niveles impensados. Parecía un volcán escupiendo mares de ceniza y fuego. El ruido era ensordecedor. Los vecinos, acostumbrados sus manejos extraños, se preguntaban boquiabiertos las razones, pero chocaban contra la puerta y el encierro al cual debió someterse. Ya no podía escribir, ni cantar, ni nada. Mucho menos podía difundir sus obras, tarea pendiente que vivía posponiendo debido a que nuevas ideas vivían acosándolo. Pero eso que sentía adentro, eso que giraba e impulsaba en su interior, se había vuelto lo suficientemente pesado como para dejarlo mover su cuerpo. El viejo tic tac era mucho más voluminoso (¿trak trak sería la onomatopeya?), como si se arrastrara entorpecido. Esa pesadez le era trasmitida a sus propios pasos, y alteraba sensiblemente su motricidad.
El dolor era inhumano. En un rapto de comprensible locura (así suelen darse las grandes decisiones: abrupta y enérgicamente), tomó un cuchillo y apuntó sin vacilar hacia su pecho. Sabía que eso-fuera lo que fuera- ocupaba todo el cuerpo. Sin embargo estaba seguro de que surgía y urgía desde su pecho. Entonces introdujo la punta y luego hendió verticalmente. La sangre no tardó en brotar, pero no lo preocupaba. En cambio, sí lo aterraba lo que habitaba entre sus entrañas.
Lo que vio en ese instante no pudo creerlo, y en verdad, nadie podría: un inverosímil dispositivo mecánico, poblado de tubos, cables y tuercas. Las bobinas (eso eran) parecían estar engrasadas, pero aún así se arrastraban imponente y retumbantemente. Un teclado infrecuente, con miles de letras y símbolos, plagado de signos absolutamente desconocidos, pulsando sin pausa vocablos y frases (la mitad de ellas, insensatas) que se imprimían inmediatamente, en simultáneo con las imágenes que emanaban un ejército de proyectores. Minúsculos rollos de celuloide giraban coordinados con diversos encordados (de nylon o metal, en variadas afinaciones y tonalidades), extravagantes e ínfimos instrumentos de viento, sincronizados con hojas pentagramadas. Sepa disculpar si la descripción de estos objetos (que a la vez eran piezas de esa maquinaria insólita) coincide muy literalmente con la de aparatos ya conocidos. En parte, se debe a mi ignorancia completa sobre electrónica, mecánica y luthería. También al asombro que tal fenómeno ocasiona, pero principalmente, al tamaño diminuto de cada elemento, lo suficiente para caber en un cuerpo humano.
El ruido ya era atronador y los vecinos, aterrados e intrigados, pudieron ingresar a la casa. Esa tarde lo llevaron al Hospital Rossi.”
Sin acotar nada a su asombrosa historia, me limité a aclarar algunos pormenores legales del posible alquiler. Me retiré con un saludo escueto, pero el joven ni se inmutó ante mi forzada y absurda indiferencia. Caminé hasta calle 7 y sin dudarlo, me subí a un micro, para combinar con otro. Finalmente llegué al hospital. Pregunté por Noriega y al principio dejaron pasar. Fingí ser un familiar hasta que accedieron. Unidad coronaria, me indicaron. Solo cinco minutos, me advirtieron. No comprendía el porqué, pero necesitaba conocer a Noriega. Entre camillas y enfermos sollozantes, lo hallé en una esquina de la sala. Dormía, igual que desde hace casi un año, como comentaron en la guardia. Al verlo supuse, debido al parecido físico, que el joven que me había atendido en su casa debía ser su hijo o su nieto. Su cuerpo recostado y el natural desmejoramiento de la internación, no ayudaban a adivinar su edad exacta. Noriega era flaco y sus ojos, si bien cerrados, eran presumiblemente pequeños y achinados. Su torso estaba desnudo y, a pesar de la historia del cuchillo, entero. No había heridas, ni marcas ni cicatrices.
Una voz firme me interrumpió: “Disculpe, pero tenemos que bañarlo y cambiarlo”. Era el enfermero. Me preguntó de dónde conocía a Noriega. “Soy familiar” reincidí en mi mentira. “Que raro: tenía entendido que no tenía familia, ni hijos, ni nada”. Me retiré con cierta ligereza, pero al legar a la calle seguí pensando en ese hombre. Había algo familiar en él: sus ojos oscuros, su gesto robusto, clausurado, su espeso bigote negro.
Subí raudamente a un taxi, inmerso en la duda. Sólo me sustrajo de ella esa canción que sonaba en el estéreo: una especie de vals, una guitarra recorriendo la escala, una melódica como melancólico telón de fondo, una pandereta en redonda. Todo me parecía haberlo visto o escuchado anteriormente. Detrás de la ventanilla, la ciudad se proyectaba como una cinta de semblantes conocidos pero sin nombre. Podía escuchar sus voces, aunque no me dijeran nada. Podía escuchar al taxista, que giraba su cuello para hablarme y cada vez que lo hacía, tenía una voz distinta. Una hermosa joven quiso detener el auto. Su pelo negro, levemente escalonado hacia el costado, sus ojos pequeños y vivaces, su boca grande y generosa. Pude pronunciar su nombre pero no lo hice. No había tiempo para enamorarme.
Bajé y al llegar a 6 y 63, no había nada. No estaban ni el frente adornado de piedras, ni la puerta color verde, ni la opaca ventana rota. Ni siquiera estaba la despensa de Larrea. Apenas un cartel que anunciaba un edificio a futuro. El resto era un inmenso baldío. Un enorme pozo de tierra, yuyos y ratas. Desconcertado, crucé de vereda en dirección al kiosco. No recordaba haberlo visto unas horas antes, ni a su heladera ni a su anciana dueña, de cabello gris y ojos verdes. Le pedí el teléfono semipúblico. No tenía monedas y talvez por ello accedió de mala manera. Llamé al hospital y pregunté por Noriega. Me comunicaron con Unidad Coronaria. La voz del enfermero no era la misma. Noriega había muerto. Al colgar, me sentí raro. Extrañamente vacío. Un silencio descomunal me dominó. Desde entonces, ya no pude recordar nada más.

El edén de los estudiantes

Emociones fuertes. Sensaciones irrepetibles. Un mundo de sorpresas. Al límite de todo. Al borde de lo desconocido . Bari, Bari ,Bariloche.
Hubieran visto al promotor el primer día. Estaba nublado pero él llevaba sus inamovibles gafas oscuras. Recuerdo que fue un viernes. Salíamos de tres horas de matemáticas, ávidos de aire y fin de semana largo. Lo vimos paradito ahí, bronceado con el sol de mayo, firme como un soldado del turismo estudiantil. Nuestra reacción fue prudente. La de las chicas no tanto. Como atraídas por un imán de neuronas flojas y hormonas adolescentes, se lanzaron abruptamente sobre su coqueta humanidad. Desde aquel día, el promotor – Alex, era su nombre- fue figurita repetida en la puerta del cole.
Junio no, dijimos nosotros. No sólo no iba a haber nadie- ni siquiera la nieve- sino que justo se jugaba el mundial . ¿Ustedes lo pueden creer eso? Cuatro años esperando un Mundial y justo se superpone con el viaje de egresados. Pero las mujeres- como todo en la vida- tenían la decisión final. O mejor dicho, inicial. Porque una vez que conocieron a Alex, no hubo forma de hacerlas pensar en otras ofertas, más baratas y más convenientes en todo. No: ellas querían ir con la empresa de Alex. Honestamente a mí, y a mi grupo de amigos, nos importaba muy poco. Yo decidí ir solo por no arrepentirme años más tarde. Pero no estaba muy ilusionado que digamos.
Hubieran visto al Colorado. Creo que durante tres meses no habló de otra cosa. Repetía cada slogan, cada frase del promotor – que una vez contratado- sería coordinador. Tenía una sonrisa dibujada. Y cualquier por cosa que el salía mal, se consolaba diciendo: “No, pero en Bariloche va a estar buenísimo”. Es que Bariloche, para muchos, era algo así como la tierra prometida. Era el edén de los estudiantes, donde podían liberar sus instintos adolescentes. “En el micro ya te agarrás a do o tres” decía Poggio, que había ido el año anterior, y entonces la expectativa era inmensa. Para tipos como el Rusito, o Suárez o Rodríguez, era la oportunidad de abandonar el celibato, despedir las horas vírgenes. Era el mismísimo pecado, pero sin culpa. Esa jugosa cuota que los papis pagaban cada mes era el boleto al placer y el exceso. Lo mismo para las chicas. Bariloche iba a ser zona liberada. ¿Quien iba a juzgar allí un revoleo de chancleta? ¿O dos , o quince? Nadie. Por eso, allá íbamos, con nuestras mochilas cargadas de ilusión...y de licores tóxicos.
Diez días después, el panorama era distinto. Era el último día y la última excursión. Como no habíamos podido subir a la aerosilla el primer día, por complicaciones del coordinador, lo hacíamos ahora. Encima no iba a haber nadie en el parque, porque esa tarde se jugaba la semifinal del Mundial. Íbamos en el micro. Ya no había gritos, ni tumultos, ni cantos eufóricos, Más bien, ya no había ni ganas. El Colo miraba la ventanilla buscando una respuesta, con resaca de la noche anterior, en la que se selló su rotundo fracaso : una semana y nada. No era el único. El Nariz arrojaba con inercia globos desde el anteúltimo asiento, que no eran otra cosa que los 36 preservativos que se había llevado desde La Plata. Díaz y Pandolfi, indignadas por el hotel, igualito al de las fotos. Es decir, de papel. Serra, arrepentida porque su aventura sexual con el coordinador, quien difundió fotos y comentarios a todo el mundo. Y ella se había enamorado de Alex. Ah, Alex ya no estaba. Es que al cuarto día, y en la enésima estafa, algunos quisieron lincharlo y la empresa decidió cambiarlo y poner a Pacha. Pacha nos quería consolar: “Vamos chicos, estamos en Bariloche”. Pero a esa altura, era como remontar un barrilete de plomo.
Por eso, cuando los vi subir uno a uno en filita a la aerosilla, sumisos, resignados y en silencio, me acordé. Emociones fuertes. Sensaciones irrepetibles .Un mundo de sorpresas. Al límite de todo. Al borde de lo desconocido. Bari, Bari, Bariloche. “No, yo no subo”le dije al Pacha y argumenté: “Me duele la panza”. El chofer de nuestro micro dormía. Tomé cautelosamente sus herramientas y encontré una tenaza. El contingente ya estaba en las alturas, apreciando el paisaje y sus decepciones a veinte metros del piso. Emociones fuertes. Golpeé de atrás al encargado de manejar los motores de las sillas. Atónitos de lo más alto, advirtieron la situación. Sensaciones irrepetibles. Apenas cundió el pánico, les recordé que estaban al límite de todo. Posé las tenazas en los rieles. Un mundo de sorpresas. Corte y todos al suelo. Una tajadura y todos al cielo. Al borde de lo desconocido. Bari, Bari, Bariloche.
Y antes de apretar las tenazas, y dejar soltar los rieles, y ver caer uno a uno a mis compañeros, y saber que por primera vez sentían algo sorprendente en la semana, y que le borraba la decepción de sus vidas, y antes de que yo fuera condenado a perpetua por un juez que nunca se fue de viaje de egresados, exclamé: “ ¡Que no se corte!”. No sé si me escucharon.


Se va, se va, se fue


No se daba cuenta. El rozaba su mano sólo para robarle una gota de tacto intangible y ella no se daba cuenta. Por suerte. Porque hubiera sido difícil , después de años de relación y amistad, decirle que se moría de ganas por derribar ese muro, esos diez centímetros de distancia que se interponen entre una amiga y alguien que ya no quiere serlo. Hubiera sido difícil confesarle que cada noche ensayaba la noche en que le confesaría todo. Quizá entre copas, para allanar el camino de las confidencias inesperadas. Aunque, claro, correría el riesgo de que al día siguiente todo fuera considerado un gran error, un exceso producto de la borrachera. Y el único exceso aquí, era el del perturbador pensamiento.
No había noche en que no improvisara silenciosamente, con su discreta almohada como testigo, una situación ideal. La besó por primera vez mil veces. Hubiera sido difícil contarle que su ejercicio favorito para combatir - ¿o alimentar?- el desvelo, era repasar una a una la situaciones vividas en el día junto a ella. Cómo un obsesivo director de teatro, como un agudo historiador, reconstruía cada diálogo con detallada precisión. Como todo autor, incluía gestos, guiños o exageraba las escenas, generalmente en pos de fomentar su fantasía.
Pues no era más que eso: una fantasía. Si ella ni lo miraba. Bah, sí, lo miraba con cariño. Pero si había algo más,ella no se daba cuenta. De nada. Ni siquiera de la cara retorciéndose de bronca cuando hablaba sobre algún chico que le gustaba, o los ojos desorbitados cuando inocente le preguntaba: “¿Cómo me queda este pantalón?”.
Él había decido ponerle fin a esa angustia. Porque lo que primero fue un bello descubrimiento y una motivación constante, luego se convirtió en una condena omnipresente. La veía en todos lados, la escuchaba en todos lados. Pero él sólo quería verla y escucharla en un solo lugar: a su lado. Él primer paso era hablarlo con alguien. Porque a pesar de su incontenible sentimiento, nunca lo había hecho público. Ni siquiera a sus íntimos. Pablo a veces lo molestaba con cargosos pero anodinos comentarios. “Epa, ¡cómo se te van los ojitos, eh!”. O a veces más directo: “Lindo adiós tiene tu amiga”. Pero el silencio como respuesta apagaba cualquier sospecha.
Por eso tampoco pudo culpar a Pablo, aunque su enojo fue imposible de disimular a pesar del intento. Durante un par de meses Pablo creyó que estaba enojado por un partido de fútbol y le restaba importancia. “Es un cabrón, no sabe perder” decía. Pero la derrota que le dolía y lo alejaba de Pablo era otra. Porque quiso decirle una noche que la amaba, que no podía más, que el alma le explotaba y todas esas cosas que se dicen de golpe cuando las botellas vacías y los ceniceros llenos ciñen el aire con una espesa nube de anarquía y las luces giran ebrias sosteniendo el techo que aplasta.
Era en una fiesta del club. Había ido al baño. Más que entonado, le prometió a un perplejo azulejo que no iba a esperar más. Salió como un tren directo al choque. Y chocó. Lo vio a Pablo con ella. Besándose, tocándose, comiéndose. Ellos no se daban cuenta, pero a él se le detuvo el pulso. Un álgido escozor hendió su pecho. El mundo se le cayó a pedazos. Cualquier otra metáfora, por más inspirada u original que fuera, sería apócrifa. Su mundo se caía a pedazos y ni su mejor amiga ni su mejor amigo se daban cuenta. Se quedó un instante mirando. En realidad se quedó varios instantes. El primero, por la sorpresa. El segundo, por la decepción. Y el tercero y final, para comprobar con morbosa resignación que nunca había sido suya. Y nunca lo sería.
Estuvo un par de meses esquivándola. También intentaba esquivar a Pablo, pero le era más complicado. Justo hubo un par de partidos y de cumpleaños seguidos, citas impostergables. Tampoco quería exteriorizar su tristeza. Era un duelo íntimo. La imagen lo perseguía y ni siquiera podía denunciar traición. Si al menos le hubiera comentado a Pablo, seguramente éste hubiera dado un paso al costado. Porque hay códigos entre amigos. Y uno de ellos es que el primero que ficha, es el dueño. Pero no. El nunca había dicho nada. Y si bien Pablo no la amaba, tampoco quería perder la oportunidad de probar algo con una chica tan bonita. Entonces debía agachar la cabeza y callar su error y dolor.
A veces se olvidaba. De a ratos nomás. Y entonces retomaba las viejas costumbres. La imaginaba a ella a su lado, besándolo y diciéndole que a ella le pasaba lo mismo pero no se animaba. Pero enseguida la imagen del club volvía y la desazón se adueñaba de su humanidad. Los viajes en micro eran eternos porque ya no podía entretenerse como antes, pensándola.
Llegaron las fiestas. De a poco, recuperó su relación con Pablo. Le hizo creer que verdaderamente había sido todo por un partido de fútbol, y hasta le preguntaba por su noviazgo. Ella dejó paulatinamente de ser su amiga para convertirse en la novia de su amigo. Pero ya no pensaba tanto. Quizá corría la mirada cuando en alguna reunión se besaban. Nada más.
Una tarde, apenas entrado el año nuevo, caminaba parsimoniosamente la calle de su casa. Venía de no sé dónde y no tenía nada que hacer después. Caminaba sólo, distraído en una nube y cantando esa canción cursi de la radio. Esa tarde fue mucho tiempo antes de que Pablo la dejara por otra, y él tuviera dos novias, y ella se mudara a Capital, para escribirle o llamarlo cada tanto preguntado cómo estás. Esa tarde la olvidó. Pero nadie se dio cuenta. Él tampoco.

Pan y queso

Pan. Queso. Pan. Queso. Pan. Y Diego para un lado y el Negro para el otro y así sucesivamente. “Boca” para un lado, “Buzo verde” para el otro. Y al final de ese absurdo rito: yo. Siempre quedaba último. Fuera par la cantidad de jugadores o fuera impar- lo que se resolvía con el humillante “gol lleva”- , siempre era el último en la elección de los equipos.
Pan, queso, pan. Cada paso era un paso más en esa lenta y agónica carrera hacia mi degradación, cada pisada era una pisada más sobre mi diminuto orgullo. ¿Pisada? ¡Pisotón! ¡Pero si era como si un elefante caminara por sobre los restos de mi dignidad! Si todos los pibes terminaban con las camisetas sucias, y los pantalones rotos, con esas grietas a la altura de las rodillas. Pero yo ya estaba maltrecho antes de arrancar. Porque , díganme ¿era necesaria esa cruel ceremonia antes de un encuentro deportivo? Yo hoy escucho a los relatores deportivos diciendo que no puede ser que se canten los himnos antes de un partido, que van a jugar un encuentro y no una guerra. Pero esto era peor. Ni siquiera era una guerra: era un bombardeo unilateral a mi inofensiva confianza. ¿O quién podía luego jugar bien cuando había sido el último en la selección? Nadie. Entonces uno jugaba peor todavía, y al partido siguiente lo volvían a elegir al final, y así se entraba en un círculo vicioso del cual no se salía fácilmente.
Con esos antecedentes yo ya llegaba totalmente desmoralizado y me iba hecho un trapo de piso. Imagine si en esa época hubiera habido psicólogos, como tienen los equipos de hoy. ¡¿Qué psicólogos?! Bastante con que había un arco- el otro lo hacíamos con buzos y pantalones largos- y claro está, la pelota. Pelota que me pertenecía. Lo cual me hacía sentir peor. Porque al principio, cuando me empecé a juntar con esos chicos del barrio (mi madre no me dejaba antes, pero a mi el fulbito me tiraba ¿vio?), me conformaba con que último o primero, al menos me dejaban jugar. Pero cuando el Turco tiró aquella vez la bocha a la calle , y un camión con acoplado la reventó como una sandía, todos los ojos apuntaron a mí. “Pituco”- porque así me decían- “ ¿por qué no le pedís a tu viejo que te regale una pelota?”. Faltaban unos días para que cumpla once años y mi padre accedió. Desde ese momento fui imprescindible en los picados. Pero no de la forma más decorosa.
Es que debo reconocerlo: yo no era bueno. Es mas, era bastante patadura. Pero, ¿el peor? No, el peor no era. En serio, no me mire así. Le juro que había otros que eran peores. El rengo, por ejemplo. ¿Debo agregar algo más? Usted me dirá que al menos tenía una pierna hábil. Ja. Muy gracioso. Pero no le miento. Estaba el Rengo, y Pato. ¡Uhh, mi dios! El Pato más que pato, era un perro. ¡Pobrecito! Como sería de malo que a veces lo ponían de palo, en verano, cuando nadie llevaba buzos para el arco. Lo que pasa es que tanto el Pato como el Rengo eran más amigos de la barra que yo. Porque yo para ellos era el niño bien, el que tenía las mejores notas y su padre la casa más linda y el auto más caro. Entonces los guachos, por resentimiento social o no se qué, me elegían último.
Con el tiempo se me pasó. Entré en la facultad, estudié Ciencias Económicas, luego Administración de Empresas e hice una carrera profesional importante. Entonces el fútbol y los picados quedaron- como querían mis viejos- de lado. Sin embargo todavía me queda, ahí, a un costado del alma, en la ratonera del cuore, un huequito, un dolor, una angustia, por aquel rito impiadoso del “pan y queso”.
¿Se puede causar tanto dolor en una persona, tanta infelicidad en un niño? Y después me dicen que soy un explotador, un cerdo capitalista y esas cosas. Todo porque afuera de mi despacho me están esperando doscientos tipos buscando un trabajo y yo seguramente no voy a elegir a nadie. ¡Pero que se jodan , esos muertos de hambre! ¡Que se vayan a comer pan y queso!